Sunday, October 25, 2009

A Diré

Durante mi visita de vuelta a Tombuctú, viajé a Diré con mi hija seisañera, a instancias de mi madre, para presentar nuestros respetos a mi abuelo. Utilizo esa frase intencionadamente. El siempre se mostró remoto durante mi niñez y, en las pocas ocasiones en que tuve contacto con él, fue demasiado autoritario para que yo le amara mucho. Diré está al suroeste de Tombuctú, en la parte más poblada de Malí. Muy diferente de la region del Norte, que es tan despoblada que ni siquiera Michael Fay la ha sobrevolado aún, y eso que ha sobrevolado África entera. Diré está en una curva del río Níger, aguas arriba de Korioumé, donde habíamos abordado el barco. Si Naipaul no hubiera basado su libro en otro lugar, lo podría haber basado en Diré.

Mientras nos disponíamos a subir al barco la multitud había permanecido silenciosa (el equipo de Costa de Marfil acababa de eliminarnos 3-0 en un partido clasificatorio del Campeonato Mundial). Hasta las malolientes cabras parecían desalentadas. Cuando por fin conseguimos meternos, me encontraba muy incómodo por lo estrechos que eran los bancos. Tenía una rodilla doblada contra el respaldo del asiento de delante y M estaba sentada en mi otra rodilla, la cual sobresalía al pasillo. Esa pierna me impedía caer al pasillo desde mi medio asiento, el cual me había ofrecido mi vecina, a pesar de que yo no hubiera hecho el más mínimo esfuerzo de pedírselo: yo ni siquiera lo había visto. Ella se había deslizado hacia el interior, apretándose a su vez contra su vecino, que se había movido un poco encogiéndose de hombros, como disculpándose. Me trajo a la mente el autobús del aeropuerto de Chicago: más de 20 asientos, pero 5 personas grandes y sus maletones, ocupando dos sitios cada uno no dejaban lugar para nosotros. Haga Ud. los cálculos.

Cabras malolientes. Hace 15 años, antes de haberme ido de aqui, nunca habría utilizado ese adjetivo superfluo: el olor era el mar en que nadaba. Ahora me estaba ahogando en él. Me di cuenta que miraba a la gente de mi alrededor con cautela, sospechoso, después de haber sido estafado por el taxista tuareg en mi propia ciudad natal. Cuando nos hubimos sentado con el equipaje el me había dicho, despectivamente, sólo dos palabras: "¿Tarjeta verde?". Me recordó una frase que mi amigo indio solía repetir los viernes por la noche en los bares de Madison: "El perro del lavandero no pertenece ni a la ribera ni a la casa.". En el barco, yo miraba con envidia a una fotógrafa española, tan claramente a gusto, tan contenta de estar aquí: toda sonrisas, sacando fotos, prestando su cámara digital a un joven quien, con timidez, le hacía preguntas. "Sonia Villegas", decía su tarjeta. Sus fotografías no se habían vendido aún, pero tenía muchos seguidores en la red.

Al rato M bajó de mi rodilla (la cabeza nudosa de la cabra entre sus rodillas le había proporcionado diversión para un buen rato) y pasó a través de la multitud, acompañada del hijo del cabrero, a mirar el agua de color café insipido, tanto ella como él colgando sus cabezas y hombros a través de las rejas sin protección. M estaba entusiasmada, y buscaba hipopótamos en el río, aunque yo ya le había explicado que, aún si hubiera hipopótamos, en todo caso probablemente sólo se encontrarían aguas arriba, en los pequeños afluentes. Ella insistiía, "Pero ví una foto en Panoramio, papá, los ví, más hacia el océano." "¿Hacia Tombuctú?" "¡No! En la otra dirección!" Inútilmente, intenté explicárselo otra vez mas: " Querida, no hay hipopótamos en Malí ya, tal vez río arriba en Guinea". "Pero yo los he visto!" Ella había aprendido poco antes de nuestra salida de Madison que el nombre de nuestro país tenía algo que ver con los hipopótamos, y una vez aquí, me ví obligado a limitar, a un total de 10, su colección de monedas de 5 francos con el hipopótamo en el dorso. Durante la semana que había estado aquí, M había aprendido algunas palabras de sus primos, y ahora se comunicaba felizmente con el hijo del cabrero. M, que nunca había aprendido ni una sola palabra de bambara en los EE.UU., que había rechazado mis intentos mas desesperados de enseñarle, que había encontrado la complicidad en la risa de su madre, mi ex, quien nunca aprendió a decir ni siquiera mi nombre.

En Diré, al acercarnos al muelle, el cabrero sacó su móvil y empezó a regatear el precio de sus cabras.

2 comments:

Ranjeet said...

Gracias a mi editora, Isa, por la traduccion.

Tío Pepe said...

Ranjeet, eres una caja de sorpresa. No conoía tu vena de escritor. Apuntas buenas maneras. Espero que tu editora, no solo traduzca, que edite y publique tus libros.